Spartacus
  Xarxa sindical

10 Jul, 2006

Amén, Zapatero

El presidente del Gobierno, José Luís Rodríguez Zapatero, le ha dispensado al Papa Benedicto XVI tratamiento de Jefe de Estado. Bien. España es un Estado aconfesional. El respeto que merecen los miembros de la Iglesia católica y sus representantes episcopales no implica un trato diplomático que confunda Estado y religión. Mucho menos, el reconocimiento implícito del catolicismo como religión oficial, por muy mayoritaria que sea.


El Papa Benedicto XVI ha visitado Valencia y el presidente del gobierno, José Luís Rodríguez Zapatero, ha tenido la elegancia de entrevistarse con el en el Palacio Episcopal de la ciudad del Turia durante 30 minutos. Cuando lo habitual habría sido recibirlo en la Moncloa, Zapatero se ha desplazado a Valencia para mantener el encuentro con la máxima autoridad vaticana, en compañía también de la vicepresidenta, Fernández de la Vega.

Muchos feligreses no han entendido que el presidente no asista a la eucaristía que domingo ofició el Papa en Valencia. Si para ellos España es cristiana, su máximo representante debe ser consecuente. Lo que les faltaba. No son pocos los que piensan que Zapatero se ha convertido en una especie de anticristo en versión española que acabará, así que le dejen, con la sacrosanta unidad de España, como destino en lo universal y con su misión redentora como reserva espiritual de occidente.

Las cosas están cambiando. La institución eclesial católica empieza a ocupar el espacio que le corresponde. La curia nota, y por eso se revuelve intranquila, como su influencia y su poder se difuminan. De nada le sirven manifestaciones ni demostraciones de fuerza como la que ha tenido lugar en Valencia, con las máximas facilidades políticas y económicas del gobierno municipal y del autonómico. Del PP, por cierto.

Es ahora, 28 años después de la aprobación de la Constitución, cuando un gobierno ha decidido se coherente con la norma máxima. Si España no tiene religión oficial, por mucha fe que tenga o tuviera ZP, su obligación sería no asistir a un acto religioso promovido por y para los que forman parte de ese culto. Y eso, los cristianos progresistas y demócratas, lo saben y están de acuerdo. El problema no es la dimensión personal de la religión, sino la voluntad obcecada de los que predican sin el ejemplo y utilizan el credo para imponer una determinada visión de la realidad y unos valores muy concretos, en definitiva, para limitar la libertad individual encorsetándola en la moral hipócrita, cínica y estrecha de los que van a Dios rogando y con el mazo dando.

Ahora sólo falta que ese paso también tenga su efecto en las instancias militares. ¿Cuánto tiempo les quedan a los paters castrenses? La parafernalia militar ha tenido históricamente grandes y graves dosis de efectismo religioso. La sublevación del 18 de julio de 1936 obtuvo la conveniente legitimación por parte de la Iglesia, que la convirtió en la Cruzada española contra el contubernio judeomasónico. Un ejército cada vez más moderno y profesionalizado y con una tropa cada vez más plural culturalmente no necesita ninguna sobredosis de símbolos católicos que lo vinculan más a su funesto pasado que a su futuro al servicio de la sociedad y la democracia.

Todo llegará. Lo importante es avanzar por este camino de separación entre religión y Estado. Guste o no, es también el camino de la libertad. Como el reconocimiento de plenos derechos civiles de los homosexuales, este era uno de los últimos estadios que nuestra joven democracia tenía que superar para consolidar los valores que reconoce la Constitución. El siguiente puede ser la reforma de la propia Carta Magna. Veremos. Por ahora, amén ZP.


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