Spartacus
  Xarxa sindical

29 Oct, 2006

PLACAS GRISES Y CUADRADAS

Cuando fui concejal, hace ya unos cuantos años, tuve una experiencia particular. Sorprendente, pero a la vez, altamente ilustrativa. Fue así. Un joven e inexperto edil, con la responsabilidad delegada de Juventud, decidió solicitar una humilde subvención al departamento correspondiente de la Generalitat de Catalunya.

Se trataba de conseguir mejorar la financiación del punto de información juvenil que el ayuntamiento había puesto en funcionamiento. Meses después, este modesto e inexperto concejal recibió la respuesta de la administración autonómica. Una respuesta que no esperaba. En vez del dinero solicitado, en la carta el funcionario de turno adjuntaba una placa gris y cuadrada con el logo en negativo de la Generalitat y la inscripción siguiente: Secretaria de Joventut. No me enviaban ni los tornillos con los que fijar el distintivo en la pared. Eso si, en la misiva solicitaban que fuera colocada en lugar bien visible. No había dinero para el punto de información, pero si muchos trípticos de actividades, muchos carnés de albergues y mucha propaganda institucional que podría ser suministrada a cambio de la ubicación de la mencionada placa en un lugar del recinto que indujera a pensar a los usuarios que la Generalitat de Catalunya tenía más protagonismo que el que verdadera y económicamente había decidido tener.

En aquel momento caí en la cuenta que poco más podría esperar de aquel Govern de la Generalitat. La distancia que separaba en la Plaça Sant Jaume el Palau de la Generalitat del Ayuntamiento de Barcelona y, por ende, del resto de consistorios del llamado cinturón metropolitano era insalvable. Los gobiernos municipales tenían frente a si a unos políticos de escaparate; una administración que se gastaba más dinero en el cartel que anunciaba el arreglo del bache de la carretera que en la reparación del socavón. Los ayuntamientos tenían delante una administración autonómica que les negaba su condición de representantes de los ciudadanos y las ciudadanas en su vertiente más práctica y cotidiana; que les negaba su condición de representantes de los intereses locales de Catalunya; que les negaba en muchos casos la colaboración necesaria en materia de vivienda, en materia de servicios sociales de proximidad, en materia de inversiones para equipamientos y en materia urbanística, por poner algunos ejemplos.

El govern de la Generalitat, durante los 23 años de CiU, dirigió Catalunya de espaldas a los municipios progresistas. Durante 23 años pretendieron capitalizar la buena gestión local de transformación de las ciudades, de apuesta por los servicios sociales de calidad, de apuesta por la construcción de vivienda de protección pública, de apuesta por la creación de guarderías y por la construcción de equipamientos culturales, deportivos y cívicos, dando a cambio unas placas grises y cuadradas y abriendo oficinas del departamento de Benestar Social para introducirse políticamente en aquellos barrios que les eran electoralmente esquivos.

Durante estos 23 años obviaron a los ayuntamientos gobernados por la izquierda y profundizaron torticeramente en la victimización de Catalunya frente a España. Fueron 23 años de peix al cove y muchas quejas; de alejarnos del mundo en vez de acercarnos a él; de ensimismamiento en el oasis catalán cuando aquello más que la paz del paraíso olía a la paz de los cementerios. Que nada se moviera por que no tocaba. Nunca tocaba. Pero al final tocó. El cansancio de un país acostumbrado al tedio, digo más, al mismo tedio, produjo el cambio. Un cambio que fue difícil y complejo. Pero que más allá de las crisis, las fotos y los vaivenes – que los ha habido y muchos – ha dado frutos.

En dos años y medio escasos hemos mejorado nuestras cotas de autogobierno, hemos ampliado la base de nuestro sistema de financiación y, por encima de todo, hemos definido el llamado Estado del Bienestar como nuestro modelo de crecimiento social y hemos convertido el Estatut en una carta de derechos y deberes de ciudadanía que supone la superación del concepto de nación – cultura y territorio – incorporando el valor de ciudadanía. Y si no fuera porque el Partido Popular se encuentra en una fase de agresividad máxima a la espera de encontrar réditos políticos en su estrategia de división y enfrentamiento, lo habríamos conseguido desde el consenso político y social. Y habríamos conseguido algo más: promover un cambio de mentalidad en el resto del Estado que afianzara la idea de la España plural, que se reconoce a si misma en la diversidad.

Pero el Estatut ha sido sólo una parte de todo lo que ha dado de si este cambio cualitativo. De pasar de los municipios ha aprobar la Ley de Barrios para dignificar los distritos locales más empobrecidos de Catalunya. De los barracones escolares al Pacte Nacional per l’Educació. De las listas de espera en la sanidad pública a la contratación de más médicos y la construcción de nuevos equipamientos sanitarios como el hospital comarcal del Baix Llobregat. De la falta de proyecto económico e industrial a la consecución de l’Acord estratègic per la internacionalització, la creació d’ocupació de qualitat i la competitivitat de l’economia catalana, consensuado por la patronal, los sindicatos y la Generalitat del tripartito. Por poner sólo unos pocos ejemplos. Y en dos años y medio. No está mal para el ruido que ha habido. Y eso que también ha habido equivocaciones y falta de decisión en un gobierno que por su propia composición política a veces ha adolecido de coordinación y experiencia. Nadie es perfecto. Pero yo prefiero los que se equivocan que los que envían placas grises y cuadradas.


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